3 de junio de 2016

Retrato de artista

Reflejo Narcisa
Dirección y guión: Silvina Szperling
Argentina/2015


Quienes en los ’70 y ’80 nos interesamos por el entonces contestatario cine experimental, muchas veces exhibido en el Instituto Goethe, o en el Centro de Teoría de la Imagen y otros espacios alternativos, nos sorprendimos con la creatividad de Narcisa Hirsch, de Claudio Caldini, de Marielouise Alemann, todos referentes de un cine que afincaba en la imagen pura, y sus mutantes y aleatorias combinaciones. Hoy Narcisa continúa siendo el referente de ese cine inclasificable, y a sus largos 80 años continúa manejando la filmadora o cargando proyectores con la vitalidad de siempre.


La bailarina y videoartista Silvina Szpering incursiona en su opera prima cinematográfica en la personalidad y el mundo de Narcisa, con un peculiar objetivo: no es el suyo un documental didáctico ni informativo, sino un ejercicio de observación por una persona admirada, un retrato estético y personal, un homenaje en suma. Después de su paso por los festivales, el film se exhibe en el Malba, templo del buen cine argentino independiente.


El film comienza pasando, sin que medie texto alguno, de las caminatas en un paisaje del Sur a Narcisa manipulando un proyector, como si quisiera plasmar, en las primeras imágenes, su doble vida en la actualidad. Es la voz de Narcisa la que cuenta retazos de su historia familiar, lee cartas de su madre, poemas, inspecciona fotos en un ejercicio reflexivo, en una exhibición tímida, respetuosa de su propia privacidad. Szperling construye un retrato moroso, que respeta los tempi de la retratada, y la acompaña por sus largas caminatas en la Patagonia, junto a la montaña, donde Narcisa tiene un segundo hogar. El otoño con su colores, la lluvia, el agua y las piedras, no escapan a la mirada de la retratista, quien compone un caleidoscopio espiritual y material para el retrato de esta mujer algo enigmática, en constante búsqueda de lo trascendente.

El último segmento del film está dedicado a la reproducción de algunos registros de la propia Narcisa, realizados a lo largo de los últimos 50 años, con un afán más testimonial. La cita opera a manera de reflejo entre su obra y su propia personalidad, con absoluta coherencia. Reflejos que se reiteran, duplicadores, sugerentes, en los vidrios, en las ventanas, en las lentes que la acompañan en una poética en consonancia con su aura de misterio.


Josefina Sartora

1 de junio de 2016

Un burgués pequeño, pequeño

El vecino (Un etaj mai jos)
Dirección: Radu Muntean
Guión: Alexandru Baciu, Radu Muntean, Razvan Radulescu
Rumania-Francia-Suecia-Alemania/2015




El cine rumano parece una fuente inagotable de frutos delicioso y maduros, muestras de la realidad de la vida cotidiana en una sociedad en constante evolución. Siempre con un pie en la vida de hombres y mujeres no excepcionales, nos conmueven con historias veraces y profundas, de un humanismo que lo acercan a una realidad universal. (Personalmente, debo al cine rumano el acercamiento a amigos entrañables y la posibilidad de haber disfrutado del Festival de Transilvania.) Con obras que acaban de ser premiadas en Cannes, y ahora celebramos el segundo estreno del año en Argentina: antes fue El tesoro de Corneliu Porumboiu, ahora el turno de Radu Muntean. El vecino enfoca en el quehacer de Matei Patrascu, un hombre común, buen padre de familia, quien sale cada mañana a caminar con su perro, y a transpirar, ya que no puede dejar la cerveza o atenerse a una dieta. Al regresar de uno de esos paseos, es testigo de una pelea doméstica entre un hombre y una mujer en el segundo piso de su edificio. Su curiosidad lo vence: se queda a escuchar tras a puerta. Cuando el hombre sale, se saludan: ambos saben que el otro sabe. Más tarde, la mujer aparece muerta, posiblemente asesinada, y entonces sabremos que no se trataba de una pareja oficial, sino que el hombre vive un piso más abajo (tal el título original) con su esposa. Durante la investigación policial, Patrascu no dice palabra sobre esa discusión que quizás pudo originar el crimen.

La cámara nunca abandona al protagonista (Teodor Corban, actor frecuente en el nuevo cine rumano), que continúa sin alterar su vida normal. Ergo, el film está narrado desde su punto de vista, aunque sin que en ningún momento se produzca una exteriorización de su pensamiento. Pero un día el vecino (Iulian Postelnicu) se introduce en su casa, ayuda a su esposa e hijo con la computadora, se come su comida, lo contrata para un trámite burocrático para su coche, y lo mira cínico y desafiante, en una absoluta invasión a su organizada privacidad. La incomodidad de Patrascu va en aumento, y el habitual no te metas –que conocemos sobre todo quienes hemos vivido un régimen totalitario- se revierte: ¿es acaso su propia conciencia la que lo persigue, en la forma del posible asesino?


Radu Muntean opera una peculiarísima versión del thriller, que en nada se parece a las realizaciones del cine clásico que Hollywood nos tiene acostumbrados. Sin casi utilizar primeros planos, la cámara conserva una distancia con los personajes y la acción, en sucesivos planos secuencia, y hay cierta sequía en el tratamiento. Nunca una explicación, nunca un fluir de la conciencia de ninguno des sus personajes, nunca una explicitación de los motivos que se ponen en juego tras las acciones, nunca una concesión a la corrección política. Sólo percibimos la expresión de Patrascu y sus cambios de conducta. Todo lo cual saca al espectador de su cómodo, conocido lugar, sacude su propia conciencia, produce un batido de posibles planteos morales. Valores como responsabilidad, solidaridad, deber o culpa no están en cuestión (¿o sí, sutilmente?), y descubrir al asesino es un detalle irrelevante. Muy significativa resulta una charla entre amigos, donde los conceptos machistas y prejuicios contra las mujeres plantean una actualidad que testimonia que el Ni una menos refiere hoy a un flagelo que excede las fronteras.

Muntean ha realizado films previos remarcables: The Paper will be Blue, Boogie y la excelente Martes, después de Navidad. En todos ellos presenta conflictos morales, situaciones límites, cuestionamientos de la gente común, sin una bajada de línea, sin una moraleja. El vecino trasunta la angustia de una clase media individualista, que ve su comodidad amenazada. Vale destacar el trabajo de Patrascu: es un burócrata, gestor de automotores, organiza papeleos, sabe tratar con los funcionarios y empleados gubernamentales, controla y ordena gestiones. Ese es el orden  que pretende conservar.


Josefina Sartora

28 de mayo de 2016

Miserables (los peligros del turismo)
Autor: Eduardo Rovner
Dirección: Gaby Fiorito
Celcit, domingos a las 20



En el país que tenemos, la imaginación y el humor son lo último que se pierde. Que un grupo de habitantes de la villa miseria Malandra realicen un emprendimiento turístico para atraer curiosos que se regocijen con nuestro miserabilismo, no es una ficción teatral, sino un fenómeno candente. Cuatro emergentes de esa realidad en emergencia se unen en una tarea empresarial: el líder, un fabricante de ponchos, pero sobre todo, un demagogo; un botánico especialista en tés de toda especie; un grafitero que recita un proverbio para cada ocasión, y un bibliotecario quien atesora el acervo literario. Emergentes que surgen como símbolos del quehacer social, dialogan y razonan sobre sus motivaciones y conductas. Todo, mientras aguardan la llegada de los turistas, para quienes representarán la parodia marketinera de su vida villera.
Gaby Fiorito concibió la puesta en escena de esta obra de Eduardo Rovner con una dinámica siempre en movimiento, desde la espectacular llegada de los cuatro personajes en una bicicleta, pasando por constantes cambios de escenario, y un sabio uso de los cuerpos, puestos a expresar el drama. La acción –que se afinca en la autoparodia- va tornándose más dramática hasta culminar en la degradación más aberrante, que plantea un interrogante sobre dónde residen las verdaderas miserias.
No hay muchas oportunidades de reencontrarse con la farsa en el teatro, por lo que es esta una deliciosa ocasión para hacerlo. Farsa que remite a nuestra situación social, y podría extenderse a otros territorios. Porque la obra –si bien algo reiterativa– se afinca en la realidad contemporánea, y en las consecuencias del capitalismo salvaje.
Un elenco impecable, donde se destacan José Formento (el tetero) por su versatilidad  e Iván Steinhardt (el refranero) por la profundidad que sabe darle a su personaje.
El tema musical de Sebastián Demarco crea el clima desde antes de la salida a escena y perdura hasta mucho después de haber salido de esas profundidades.


Josefina Sartora

24 de mayo de 2016





Tránsitos de la mirada. Mujeres que hacen cine
Paulina Bettendorff y Agustina Pérez Rial (editoras)
Buenos Aires, Libraria, agosto de 2014
256 páginas



Desde la irrupción en los ´80 de María Luisa Bemberg y Lita Stantic en la actividad cinematográfica argentina, la acción de las mujeres ha ido en aumento en un mundo –como tantos otros- bajo el control hegemónico de los varones. Si antes la mujer era actriz o a lo sumo cortadora de negativo, desde el 2000 ha ocupado todos los puestos del quehacer cinematográfico: dirección, producción, fotografía, y todos los rubros técnicos. Por otro lado, la obra de las mujeres ha buscado apartarse del discurso y mirada masculinos del patriacado para construir un cine que se corre de las consignas instaladas y dominantes, que propone una nueva y otra mirada, una mirada en tránsito, nunca fija, en la indagación de las diferencias.

Este libro desarrolla un recorrido abarcativo de la relativamente nueva labor femenina en el cine argentino, desde ensayos dedicados al género y a directoras ya emblemáticas (Bemberg, Lucrecia Martel, Ana Poliak) hasta entrevistas a productoras y directoras, tanto de ficción como del documental. En ellas cada una expone su método de trabajo, sus intenciones, el proceso de elaboración de su cine. con el acuerdo común de realizar un cine personal, al margen de los sistemas tradicionales masculinos, aunque el tema de género está dado naturalmente, sin pretender proclamarlo. Por fin, con las mujeres que hacen cine, la mujer ha transitado del lugar de objeto a ser sujeto de la mirada.


Josefina Sartora
(Nota publicada en Le Monde Diplomatique, septiembre 2015)

18 de mayo de 2016

La bella estación

Tiempo de revelaciones (La belle saison)
Dirección: Catherine Corsini
Guión: Catherine Corsini y Laurette Polmanss
Francia-Bélgica/2015


Evocación de una época de movimientos de liberación femenina, La belle saison (tal el título original, mucho más sugerente que el del estreno local, tan literal) tiene su punto de apoyo en dos temas igualmente importantes: la evolución del pensamiento feminista con la formación de grupos de liberación después de la revolución cultural de 1968, que abrieron el camino a las conquistas sociales de la mujer, y por otro lado la toma de conciencia de una otra forma de sexualidad posible para dos jóvenes mujeres de formación casi opuesta.

En ese contexto histórico y social, la historia muestra un personaje poco abordado por el cine: una hija de agricultores en la Francia rural profunda, quien –al igual que su madre- hace todo tipo de trabajos, incluso aquellos considerados masculinos. Sin embargo, Delphine (Izïa Higelin) y su madre no son consideradas agricultoras sino hija y mujer del agricultor respectivamente, sin gozar de los derechos laborales en esa sociedad masculina y patriarcal. Lesbiana, frustrada después de un amor imposible en su pequeño pueblo, Delphine va a Paris en los ‘70 en busca de mayor libertad. Allí se une a un grupo de lucha por los derechos de las mujeres, y se enamora de la líder, Carole. Si Delphine tiene claros sus sentimientos y su deseo, Carole, varios años mayor y con una vida organizada, ha hecho su propia toma de conciencia sobre la lucha feminista, pero los planteos que recibe de Delphine hacen tambalear toda su estructura y su vida hasta entonces heterosexual. Cécile de France despliega una extraordinaria performance debatiéndose entre sus dudas, su ansia de libertad, sus represiones y contradicciones.


Catherine Corsini, siempre interesada en desarrollar temas femeninos (La repetición, Partir), sabe abordar ese conflicto, así como logra filmar las escenas de una homosexualidad libre con sensibilidad y sensualidad (inevitable el recuerdo de La vida de Ad`ele). Párrafo aparte merece la destacada actuación de Noémi Lvovsky como la madre, quien, si bien es una mujer decidida, fuerte y ejecutiva, una verdadera obrera, debe enfrentar una situación familiar y social para la cual no estaba prevenida. Su duelo con de France es uno de los momentos superiores del film, cuya tensión emocional es reveladora de las diferentes capas de significación que están en juego. Y sin embargo, Tiempo de revelaciones no termina de comprometerse a fondo por su propia historia y personajes, donde la tensión entre campo y ciudad no es menor a la de restricción-libertad.

Extracinematográficamente, cabe destacar que Catherine Corsini encaró este film como una respuesta al movimiento reaccionario que se levantó en Francia frente al matrimonio igualitario, intentando que, por lo menos, el amor entre mujeres adquiriera mayor visibilidad.


Josefina Sartora