Ginger & Rosa
Dirección y guión: Sally
PotterReino Unido-Dinamarca-Canadá-Croacia/2012
Qué reconfortante resulta
ver una película sólida, interpretada con solvencia, tan lejos de las torpezas
debutantes que se ven a diario en los festivales como de la grandilocuente
parafernalia banal de productos descartables como el nuevo Gran Gatsby. Sally Potter
no es LA gran directora británica. De las islas, prefiero a Mike Leigh, o
Andrea Arnold. Filma poco, y se la sigue recordando sobre todo por su Orlando,
la versión de la novela de Virgina Woolf que protagonizara la gran Tilda
Swinton, y una olvidable La lección de tango.
En su último film, no tan
experimental como sus anteriores, Potter ubica su historia en los años sesenta,
no en los glamorosos del fin de la década, sino en los más oscuros, cuando en
plena Guerra Fría se vivía la permanente amenaza de la bomba atómica, y
particularmente durante la llamada crisis de los misiles, cuando en 1962
Kennedy alimentara la paranoia yanqui presentando a Cuba como base de posibles
ataques a los Estados Unidos. En una Londres oscura y desangelada dos íntimas amigas
viven el período de entrada a la madurez, momento de pasaje que atraviesan
juntas dispuestas a experimentarlo todo: el nacer a la sexualidad, el
compromiso político, el cuestionamiento a las madres. Ginger vive con sus
liberales padres: él ha estado en prisión por ser un objetor de conciencia
ultra, y ahora sobrevive como docente,
mientras Rose comparte su humilde vivienda con su madre soltera. Si bien
Potter presenta una clase social trabajadora, carenciada e idealista, su cine
no es declamatorio ni panfletario como el de Ken Loach. Es oscuro, sórdido, y
no duda en convertir a su héroe pacifista en un irresponsable causante de todos
los males familiares. Y esa densidad de la historia está plasmada en la
magnífica fotografía de sombras y tonos bajos, obra de Robbie Ryan. Mención especial
merece la banda de sonido, con temas de la época, sobre todo de conjuntos de
jazz: Dave Brubeck, Miles Davis, y otros anteriores.
Elle Fanning (hermana de
Dakota) es una gran actriz, principal sostén del film, que sabe debatirse con
las contradicciones de su personaje, y está rodeada de un elenco del mismo
nivel, y de diferentes orígenes: Christina Hendricks (estrella de Mad
Men) es la madre, Alessandro Nivola el padre, y Timothy Spall y Oliver
Platt ofician como suerte de padrinos gay, acompañados por una poeta feminista,
Anette Benning, estupendos los tres. En el papel de Rose, Alice Englert (hija
de la directora Jane Campion) es la amiga del alma, y si bien no tienen
respuestas similares a lo que ocurre –Ginger tomada por la protesta política,
Rosa por el despertar sexual-, están juntas hasta el momento de inflexión en
que Rosa exhibe la cuota necesaria de perversión que hacía falta en esta
historia iniciática. Y el melodrama llega a su extremo.
Adivinamos en la historia
cierto matiz autobiográfico. Tengamos en cuenta que la historia está vista con
los ojos de Ginger, con lo cual ciertos aspectos quedan algo planos, sobre todo
los personajes de sus padres. La perspectiva de Ginger arrasa con cuanto
sucede: su tumulto interior, su potencia juvenil, están magníficamente
expresadas por esa muy joven y talentosa actriz.
Josefina Sartora
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