Rey Lear va
al cine. Algunas transposiciones de la obra
Bufón: Dime, por favor: ¿un loco es
noble o villano?
Lear: ¡Es rey! ¡Es rey!
Llegado a una edad madura, el
Rey Lear decide dividir el reino entre sus tres hijas, según cuánto amor le manifieste
cada una, buscando su adulación. Goneril y Regan proclaman amor absoluto por su
padre, y reciben su dote. Cordelia, la menor, nada tiene que decir sobre el
justo amor, ni más ni menos, que siente por su padre, y es repudiada.
Desde esa potente escena
primera, se pone en crisis una cierta concepción de la sociedad y el reinado:
Lear encarna lo que queda del orden medieval, del derecho divino, de la
monarquía absoluta. El protagonista de Shakespeare es un ser en cierto sentido
candoroso, quien después de haber cedido todo su poder y posesiones, pretende
conservarlos. La personalidad de Lear tiene algo de inocencia, pretende
renunciar al poder y continuar dominando y se niega a aceptar que se ha
equivocado. Frente al él, sus hijas mayores son el nuevo orden, maquiavélico: llevadas
por el interés y la falta de escrúpulos, no dudarán en empujar a su padre al
vacío y la locura.
En paralelo, se repite esta
tensión paterno-filial en una subtrama: los hijos de Gloucester, su fiel
súbdito, se enfrentan por la traición que el ilegítimo Edmond urde contra su
hermano Edgar.
Escrita entre 1606 y 1609, Shakespeare
se inspiró para esta tragedia en una leyenda celta acerca de Leir de Britania,
ya conocida en el siglo XII. Diversos autores del siglo XVI, Montaigne entre
otros, habían rescatado esta historia.
La versión del ruso Grigori
Kozintsev es tal vez la que sigue el texto de manera más fiel. Rey
Lear fue el último film de Kozintsev, quien antes había llevado al cine
un Don
Quijote y un inolvidable Hamlet. En 1971, después de haber
conocido Occidente y su cine, acompañado por Iosif Shapiro concibió su puesta de
Rey
Lear como una superproducción, con la traducción de Boris Pasternak y
la música grandilocuente de Dmitri Shostakovich. Sin intentar modernizarla ni
trasponerla a otra realidad, hay sin embargo vagas referencias a Unión
Soviética de su tiempo. En cierto modo resulta algo conservadora. Su punto más
alto es la fotografía de Jonas Gritsius, en blanco y negro, que trabaja con
planos generales y con una profundidad de campo para escenas interiores y
exteriores en las estepas bálticas.
La versión soviética cuenta
con la genial actuación de Yüri Järvert. Su Lear es tal vez uno de los más
inquietantes, con una fuerte personalidad. Algo histriónico, ligero, con un
fuerte componente de humor, llega a su máximo nivel interpretativo en las
escenas de locura y delirio. Junto a él, no menos original resulta el bufón,
Oleg Dahl.
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Paul Scofield |
En el mismo año, Peter Brook
filmó su Rey Lear con la Royal Shakespeare Company. Mucho más oscura y
densa, es ésta una versión muy personal, con el sello teatral de Brook. Visualmente,
ambas resultan opuestas: Brook recurre sin cesar al primer plano, desde el
parlamento inicial del gran Paul Scofield hasta el desenlace. Su Lear es mucho
más dramático, y el humor está ausente.
En la obra hay otros personajes
relevantes, además del obcecado rey. Cordelia es una de las heroínas más nobles
del teatro de Shakespeare, la más sincera y fiel. Kent es otro ejemplo de la fidelidad
del vasallo al señor, a quien acompaña disfrazado después de que el rey
castigara su franqueza, al señalarle sus errores. El bufón que lo sigue en su
infortunio hasta el final expresa la sabiduría misma, y el sentido común. Este
personaje oficia como una suerte de conciencia del rey, es su sombra o alter
ego, y el único que se atreve a decirle la verdad –como un coro griego-, le
marca sus errores y flaquezas, sin que el rey lo castigue por hacerlo.
Es muy interesante el doble
juego que establece el bardo sobre la relación filial, un tema que ha
desarrollado tantas veces en toda su obra. Mientras Lear vive su conflicto por
haber repudiado a la franca Cordelia y haber confiado su reino a sus dos
ambiciosas hijas Regan y Goneril, su vasallo Gloucester atraviesa un drama
paralelo en el seno de su familia, ya que su hijo bastardo Edmond traiciona al
legal Edgar para eliminarlo de la familia. Edmond comete fraude y amenaza la
vida de su padre. Gloucester resulta así otro padre enemistado con uno de sus
hijos, en espejo con Lear y Cordelia.
Si bien el Lear del ruso
Järvet desarrolla el aspecto de la locura con un delirio maestro, su rey
resulta más liviano que el de Paul Scofield, quien desde el principio muestra
la máscara del enojo contenido, y más adelante, la rabia desatada. La
concepción de Brook para la puesta en escena es más oscura y densa que la de
Kozintsev, que es más épica y acentúa el aspecto social, el marco de la
tragedia.
La versión realizada en pleno
régimen soviético pone un acento fundamental en la presencia del pueblo como
testigo de la tragedia. Desde el prólogo silencioso –que no está en la obra de
Shakespeare- en que el pueblo acude en multitud a participar desde lejos de la
reunión familiar en la que el rey repartirá el trono entre sus hijas, el pueblo
se muestra sumido en la miseria. Más tarde, cuando el rey se haya visto destronado
de los castillos de sus dos hijas y caiga en la locura, se reunirá con ese
pueblo carenciado en una humilde choza y hará una toma de conciencia sobre su
abandono de los necesitados. Será entonces cuando reconozca cuáles son las
verdaderas necesidades y dónde radica la verdad: los andrajos dejan ver lo
verdadero, en tanto que los mantos y las togas disimulan, esconden. El pueblo
todo padece en sintonía con el rey la división del reino y las penurias de la
sucesión. En cambio, el nihilismo de Brook ignora al pueblo todo. El pueblo,
suerte de coro mudo en Kozintsev, en la versión de Brook está llamativamente
ausente.
No sólo los diferencian una
cuestión de liviandad o pesadez: si Kozintsev muestra cierta simpatía por su
personaje, en medio de su desatino, la oscuridad de Brook alcanza a su
protagonista y a todo su séquito. Su Lear es huraño, taciturno y obcecado; su
máscara, atemorizante, sus hijas son perversas, y si Kozintsev se permite una
magistral escena erótica entre Regan y Edmund, en las mujeres de Brook sólo
parece existir el cálculo. Hay en Brook un contraste entre los exteriores
nevados y los interiores austeros en un juego visual de claroscuros que
recuerda la pintura flamenca. Incluso la fiel Cordelia resulta algo ambigua, y
para el Lear de Brook no hay esperanza ni salvación posible.
Si en la versión soviética el
reinado va desarticulándose y decayendo en paralelo con el deambular de Lear
por un reino que ya no le pertenece, camino a la locura, en la versión inglesa
el mal parece instalado desde ese primer momento, en la penumbra. Juega además
con giros experimentales en la imagen, que indican la desintegración del reino.
El interés está puesto en la figuras protagónicas y menos en el ambiente; los
personajes atraviesan su padecer a solas, y todo lo que no atañe a Lear pasa a
un plano secundario.
En ambas versiones es notable
la escena de locura, cuando expulsado de sus hijas el rey ha perdido todo
control, incluso sobre sí mismo; esa escena coincide con la tempestad desatada,
en una íntima conexión entre el drama humano y la naturaleza, cuyos elementos
se conduelen con el rey.
Con una obsesión por los
primeros planos, el Lear de Brook es la imagen del caos: cuando el rey enloquece y
Gloucester pierde la vista, la imagen acompaña elocuentemente esta decadencia:
imagen turbia, fuera de foco, primerísimos planos, oscuridad con pantalla a
negro, montaje discontinuo, todo parece haber perdido dirección y coherencia,
por efectos del distanciamiento. El silencio, remarcado por la ausencia total
de música, subraya la sensación de locura y desvarío. En la versión de Brook se
hace manifiesto en la misma imagen el drama de la vejez traicionada. Patrick
McGee, quien en el Marat-Sade de Brook había encarnado al marqués de Sade, es aquí
Cornwall, el yerno traidor, y expone su sadismo con una máscara de maldad
insensible.
A pesar de sus diferencias,
ambas versiones resultan cercanas al original. Pero ya sabemos: Shakespeare da
cualquier tiempo y lugar. Akira Kurosawa filmó Ran en 1985, una versión ambientada
en Japón, más alejada que las anteriores. Kurosawa ya había realizado sus
versiones de Macbeth (El trono de sangre). Y algunos consideran que su
versión de Rey Lear constituye su testamento artístico.
En la mentalidad nipona no
era concebible repartir el poder entre mujeres, por lo tanto los hijos del señor
feudal Hidetora son aquí, varones. También concebido como una superproducción
épica, el film de Kurosawa se destaca por su colorido, frente a las versiones
previas en blanco y negro. También en Ran se imponen los planos generales,
con el uso de los colores primarios para identificar a los hijos y los bandos
en batalla, y los dorados y ocres para los lujosos y estilizados interiores. A
la división del reino y el alejamiento de su fiel hijo menor sigue una guerra
civil devastadora, que también acaba con la salud mental del protagonista.
Eliminada en Ran la subtrama de Gloucester y sus hijos, innova con la
historia previa del señor, que ha obtenido su reino a costa de los padres de
sus dos nueras: una piadosa y la otra vengativa, y es quien trae la desintegración
familiar. Este pasado oscuro se vuelve contra el señor Hidetora, y dará lugar
al tema de la culpa y redención.
Además de los temas del amor
filial y de la fidelidad, el tema de la locura es relevante en la obra. Desde
la determinante primera escena, en que el rey pone a prueba el amor de sus
hijas, es notorio que la salud mental del soberano flaquea. Lear ya ha dividido
el reino según su voluntad, la pregunta que dirige a sus hijas constituye una prueba
caprichosa, y es la inesperada respuesta de Cordelia la que altera su orden
preestablecido. Y cuando más tarde sus otras dos hijas tampoco actúan como él
esperaba, su inestable equilibrio se desmorona. Después de la primera traición,
al separarse de Goneril él mismo sabe que ha abierto las puertas a la locura. Y
cuando se aparta de Regan, por la tercera decepción de sus hijas, la demencia
estalla. En Ran, desatada la guerra civil, en medio de una espectacular
batalla Hidetora queda paralizado entre las flechas que caen a su alrededor,
cuando se da cuenta de que sus propios hijos están atacándolo, y pierde la
razón. También la actuación de Tatsuya Nakadai es extraordinaria, mostrando el
deterioro físico y mental del anciano.
Figuras paralelas, en la obra
original Lear debe enloquecer y Glucester quedar ciego para que lleguen a
comprender cuál de sus hijos le es verdaderamente fiel. el joven Edgar de
Gloucester funciona como un espejo a esa locura: finge estar loco para que no
lo reconozcan, y como un pobre mendigo demente acompaña a su padre en sus
últimos momentos. La locura aparece así como una forma de acceso a la
verdad.
Mucho más alejado de
Shakespeare resulta el Rey Lear de Jean-Luc Godard, de 1987.
Cómo filmar Shakespeare después de Chernobyl, parece ser su consigna. Godard no
pretende trasladar Shakespeare al cine –lejos de ello- sino que desarrolla una
suerte de estudio sobre la obra, y al mismo tiempo, una deconstrucción de Rey
Lear. Errático, el argumento casi no se sostiene: hay un Norman Mailer
contratado para escribir e interpretar un Lear mafioso junto a su hija, un
Godard bufón con cabellera de cables y medallas y por sobre todo, reflexiones
del artista sobre la realidad y la imagen, presentadas de manera inorgánica. Rey
Lear es solo un pretexto de Godard para volver sobre sí mismo, sobre la
actividad cinematográfica, y sobre el poder emotivo de la imagen. Godard satiriza
su propia persona, y bromea incluso sobre Woody Allen, quien inesperadamente
aparece en un cameo final.
Libre reelaboración de la
obra de Shakespeare, de ella poco queda: algunas líneas dichas aquí y allá, y
sobre todo, Godard se pliega una y otra vez sobre la palabra nada que expresa Cordelia ante la
pregunta de su padre. Mientras tanto, en una Europa apocalíptica un descendiente
del bardo busca recuperar la obra de su ancestro. Como Godard, está a la busca
del arte perdido.
No son éstas las únicas
traslaciones de la obra al cine: no faltan, entre otras, una versión para la TV
en la que actúa Laurence Olivier, ni la adaptación de Joseph Mankiewicz, Sangre
de mi sangre (House of Strangers), en la que Edgar G. Robinson es el
jefe de una familia mafiosa en Nueva York, quien desencadena un drama similar.
Shakespeare, universal y
eterno.
Josefina Sartora
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