20 de febrero de 2019





Los monstruos más fríos. Estética después del cine
Silvia Schwarzböck
Buenos Aires, Mar Dulce, septiembre de 2017
366 páginas




Es este un ensayo sobre estética, y no sólo del cine, sino de la imagen. Un ensayo inspirado en Adorno que despliega multitud de ideas, que van desde el nacimiento del cine como arte de Estado -según propuso Lenin- hasta “el cine después de los campos de concentración”, y que derivó a su vez en otro tipo de imágenes: la televisión, la web, y todas las representaciones audiovisuales hasta la piratería de la imagen.

La metáfora del título remite al público formado y modelado por el cine –“el más frío de los monstruos fríos”-, el cual interpela y modifica las demás artes, que lo incorporan como parte de sí. En esta línea, Silvia Schwarzböck acompaña la evolución del cine desde Griffith y el cine de la revolución de Octubre atravesando a Hitchcock como fundador del cine moderno, cruza a Godard y Straub y Huillet y culmina en David Lynch. Después de ese circular de imágenes a lo largo de la historia de cine, el público del siglo XXI ha quedado frío para recibir y ver lo explícito: el horror, la pornografía, la tortura, la catástrofe de la guerra. Pero no es esto una historia del cine, sino que la ensayista desarrolla esta evolución en paralelo a las teorías estéticas que la acompañaron. Desde Benjamin hasta Deleuze, Adorno y Krakauer, Kluge y Farocki, las teorías caen en catarata mezcladas con sus propias ideas, que son múltiples, densas, filosas e intensas y abren la discusión y la polémica.

Josefina Sartora
(Nota publicada en Le Monde Diplomatique Nº 230, agosto 2018)



7 de febrero de 2019

Los juegos por el poder


La favorita (The Favourite)
Dirección: Yorgos Lanthimos
Guión: Deborah Davis y Tony Mc Namara
Irlanda-Reino Unido-Estados Unidos/2018

Josefina Sartora


Las intrigas de palacio siempre han suscitado todo tipo de comentarios, leyendas o elucubraciones. Así desde Cleopatra y Marco Antonio pasando por Macbeth y sus derivaciones mafiosas hasta House of Cards (y en poco tiempo tendremos también la saga del “Clan Macri”). La notoria peculiaridad de La favorita es que las intrigas se urden alrededor de tres figuras femeninas, cuyas luchas por el poder al máximo nivel del trono de Inglaterra a principios del siglo XVIII pasan inevitablemente por el camino de las sábanas.

La favorita es una extraordinaria recreación de época sin caer en el cine de qualité, todo lo contrario: la acción transcurre casi íntegramente en el palacio, los pasillos y salas de la reina Ana, filmados por la ubicua cámara de Robbie Ryan con gran angular y ojo de pescado, y posee un toque de actualidad, un cierto anacronismo velado que aporta un grado de perplejidad, de sorpresa incluso. Sus protagonistas, personajes históricos retratados con fidelidad histórica, poseen un cariz de modernidad, un desparpajo que torna más atractiva esta historia irreverente. Por supuesto, es la mano del giego Yorgos Lanthimos, quien siempre ha relatado historias sorprendentes, insólitas, provocativas, con un toque de humor absurdo y satírico. Sobre todo en la surreal Dogthooth y la distópica La langosta, en menor medida en El sacrificio de un ciervo sagrado. Películas deudoras de Michael Haneke, por trabajar el tema de la maldad y la perversión con un sadismo ácido, y que no me despertaron el interés y entusiasmo que me genera La favorita. Lo cierto es que Lanthimos ha realizado un film excelente, tan irreverente como los anteriores, pero con una fibra humana de la que aquellos carecían, gracias al cambio de guionistas.

Los hechos son históricos: a inicios del siglo XVIII Ana –la última Estuardo- reinaba junto a lady Sarah Churchill, esposa del duque de Marlborough, quien lideraba la guerra contra Francia según los dictados de su mujer. Siendo una reina débil después de haber perdido todos sus 17 hijos, dejaba en manos de su entonces favorita todos los asuntos de estado, quien dirimía tanto temas políticos como bélicos y económicos, manejando con delicadeza la tensión entre el partido tory y los whigs. Rachel Weisz, con su atractiva androginia, sale airosa de ese rol de tanto peso político como sexual.


Abigail, el tercer elemento del triángulo (Emma Stone), mujer de origen noble caída en desgracia, tiene la audacia, la inteligencia y el talento suficientes para salir de los bajos fondos del palacio hasta llegar a la alcoba real, donde no tardará en reemplazar a su prima y mentora. Las escenas con Abigail son las más disfrutables, desarrollan de manera brillante el agudo uso del humor, que decrece a medida que esta adquiere poder, tornándose el clima más oscuro y siniestro. Más Lanthimos, en suma.

Con una banda sonora ecléctica, que va desde Purcell hasta Messiaen y una sonoridad metálica atemporal, esta farsa resulta tan ambigua como postmoderna.


A contramano de sus primeros films, en los que los actores recitan sus líneas casi sin expresión facial, desapegados, con grado cero de actuación, las actrices y actores de La favorita despliegan una maravillosa amplitud de registros, sobre todo por la gran Olivia Colman en su rol de reina tan poderosa como vulnerable. Su performance en la decrepitud de la soberana es formidable, una decadencia pocas veces vista. Colman eleva el personaje de la reina a su dimensión trágica. También Lanthimos se aparta de su camino en el tratamiento de los personajes, cada uno desarrollado con comprensión, incluso con cierta ternura nunca antes expresada. 


Muy oportunamente, al aire de nuestra época, es la primera vez que el director indaga en la psicología femenina, aquí desarrollada en tres brillantes personajes, cada una con su peculiar personalidad, ya abiertamente combativa como Lady Sarah o diabólicamente especulativa como es Abigail. Tres psicologías en de mujer en su relación con el poder: quien lo posee por derecho propio, o heredado, quien se a hecho dueña de él, y quien lucha por obtenerlo. Cuando la tensión entre las tres decrece, también decae el film.

Cerrado, claustrofóbico, el mundo de Lanthimos una vez más parece ajeno al mundo que lo rodea, la condición de la mujer de la época limitada a estos tres reales personajes.


29 de enero de 2019

Pasa un ángel


Lazzaro felice
Dirección y guión: Alice Rohrwacher
Italia-Suiza-Francia-Alemania/2018

Josefina Sartora


Si el film anterior de Alice Rohrwacher se llamaba Las maravillas, este constituye en sí mismo la maravilla. No sólo porque incursiona en lo fantástico-maravilloso, dando la espalda a todo naturalismo, sino porque en su aparente inocencia constituye una fuertísima obra que habla con delicadeza y sabiduría de la condición humana. Inocencia es la de su protagonista, que enmarca en el arquetipo del tonto sabio, un joven campesino simple de espíritu, de gran ingenuidad, fuerte y trabajador, siempre feliz de ayudar a quien lo necesite, y los demás abusan de su generosidad. Pertenece a una comunidad de campesinos sometidos a la esclavitud de un régimen feudal en plena época contemporánea, aunque al principio las coordenadas del tiempo sean algo ambiguas. La marquesa propietaria de una plantación de tabaco los mantiene aislados del mundo, analfabetos, ignorantes de leyes y conquistas sociales, viviendo en condiciones de hacinamiento, que recuerdan a los campesinos de los hermanos Taviani. Así viven, con la connivencia de la iglesia. Allí Lazzaro es un trabajador imprescindible por su disposición y su bondad. Paradójicamente entabla amistad con el señorito Tancredi, hijo de la marquesa, cuyo teléfono celular sorprende por su incongruencia en ese mundo atemporal.


Pero la peripecia se aparta de ese tono neorrealista de la primera parte, para tomar un cariz mágico: tras un accidente, Lazzaro despierta varios años después, inalterado, cuando ya nadie permanece en la propiedad, y se traslada a la ciudad en busca de los suyos. Ciudad incierta, con algo de Milán, un poco de Torino, donde las condiciones laborales y sociales no son mejores que en la campiña. Allí Lazzaro comienza una nueva vida, junto a varios de sus pares de otrora, envejecidos,  devenidos bandidos de poca monta. Alba Rohrwacher, hermana de la joven directora, interpreta a Antonia en la segunda parte, la única persona que ampara y hace algo por Lazzaro. Y vemos a través de los ojos del protagonista las miserias de la vida urbana contemporánea, la avidez, la corrupción, aunque él no sea consciente de sus implicancias. En su inocencia, el muchacho entiende todo al pie de la letra, sin ver más allá de lo literal. Lazzaro parece estar siempre en trance, con una mirada que parece atravesar la realidad y una presencia que exuda santidad, como lo sugiere una voz en off que lo relaciona con San Francisco, como lo expresa la bizarra, obviamente simbólica escena en que la música sale de una iglesia para seguirlo.


Rohrwacher rinde culto y evoca lo mejor del cine italiano clásico, primordialmente al cine de Pasolini con sus historias mágicas, y al de Fellini con sus personajes angélicos. Pero su obra es absolutamente nueva y personal, con una mirada propia singular, con un humanismo que hoy también parece anacrónico. Su alegoría social se desarrolla sin mucha información, sin lecciones moralizantes, con gran  empatía hacia cada uno de sus personajes, comprendiendo sus motivaciones.

Lazzaro felice trasciende la fábula para acercarse al mito, con ecos bíblicos (Lazzaro resucita) y operísticos (Tancredi es un noble caballero en la ópera de Puccini, como quiere serlo este marqués). Incluso el lobo, gran ícono italiano, aspecto natural y animal del protagonista, no abandona a Lazzaro ni siquiera en la ciudad. En gran medida la magia funciona gracias a la presencia de Adriano Tardiolo, un actor no profesional cuya límpida mirada bendice las miserias humanas, y que la crítica iguala al Ninetto Davoli de Pasolini.

Fruto de los tiempos, Lazzaro felice –cuyo guión fue premiado en el último festival de Cannes, que abrió la última Viennale- no se ha estrenado en las salas comerciales de Argentina. Los cambios veloces en las maneras de ver cine nos obligan a adaptarnos a la oferta, a las posibilidades que determina el mercado, nos guste o no: Lazzaro felice hoy sólo se ve en Netflix.