15 de mayo de 2019

Hola vecina


Dóberman
Dirección y guión: Azul Lombardía
Argentina/2019

Josefina Sartora


A la hora de la siesta, una mujer (Mónica Raiola) prepara un tuco esperando la llegada de su hijo. Es su plato favorito, pero sobre todo el de su dóberman, un perro temible. Mientras tanto, habla por teléfono banalidades con una amiga. Allí llega Mirna, montada en su bicicleta, una mujer con evidentes problemas psicológicos y medicación encima, que Mercedes recibirá con aceptación y paciencia. Filmada en tiempo real, la película está desarrollada en base al diálogo que establecen esas dos mujeres sentadas a la mesa. La talentosa Maruja Bustamante expone todo su histrionismo y fuerte corporalidad para caracterizar a Mirna, con su habla cansina, sus ademanes expresivos, su mirada torcida que insinúa ocultas intenciones. Temas cotidianos, chismes del barrio, prejuicios, juicios, envidias, contradicciones, la charla va subiendo de tono en un duelo hasta devenir una discusión trágica. El drama, montado con un realismo costumbrista que no descuida detalles.

Gestada en el ciclo Operas Primas del Centro Ricardo Rojas, Dóberman tuvo su éxito teatral, y se decidió llevarla al cine. El teatro filmado tiene sus riesgos, que aquí se procura salvar con algunos primeros planos, algunos exteriores del conurbano, aunque hay una preferencia por el plano secuencia. Pero la base de la obra es el diálogo, la voz y dichos de los personajes, que revelan sus personalidades e intenciones. Tal es la base del teatro y por ende, algo cinematográficamente muy limitado.

13 de mayo de 2019


Bienal de performance 19

Josefina Sartora

La 3ª Bienal de Performance inauguró con el espectáculo de la francesa Gisèle Vienne en el Museo de Bellas Artes: La primavera pasada: Una precuela, una obra tan original como inquietante, abierta a la pregunta y la incertidumbre.


Interesada en el mundo de la adolescencia, en una pequeña sala del Museo ha montado una muestra de 40 fotografías de rostros de muñecos en una edad púber pero extremadamente maquillados algunos, otros andróginos, lo cual les otorga una ambigüedad que infunde cierto temor. En un rincón, un muñeco robótico que lleva a su vez otro muñeco o títere en su mano, y ambos desarrollan un diálogo-monólogo algo demente, incoherente, que a la vez evoca y despierta mundos imaginarios. Con texto del autor Dennis Cooper, el laberinto de esas palabras a veces inconexas, a veces esquizofrénicas o sin sentido, abre las puertas de la percepción y de la imaginación al espectador atento y receptivo, disparando ideas, imágenes. Una performance provocativa y no conformista.


El arte de la performance ya está cómodamente instalado y es gracias a la iniciativa entusiasta de Graciela Casabé que se desarrolla durante este mes de mayo la 3ª Bienal que –como en ocasiones anteriores- presenta espectáculos consagrados en Europa y de notables artistas locales. Además de Vienne, está programada una performance del italiano Romeo Castellucci, otra de Marie-Caroline Hominal, de Young-Hae Chang, y entre los locales, presentaciones de Matías Feldman, Romina Paula, Mariana Obersztern entre otros, con entrada gratuita. Toda la programación en www.bienalbp.org

7 de mayo de 2019


Festival de Cosquín 2019 – Algunos premios

Josefina Sartora

Con un impecable trabajo del numeroso equipo del FICIC culminó el 9º Festival de Cosquín, cumpliendo con una programación arriesgada. Las protagonistas son las películas, y a la hora de la premiación primaron los criterios políticos antes que los cinematográficos, al menos en la Competencia de Largometrajes.


Sol alegría de Tavinho Texeira fue la jugada elección del jurado integrado por Agustina Comedi, Mariano Donoso y Julia Kratje. Una película en tono de farsa, provocadora, transgresora, hasta desfachatada, en la cual algunos ven una alegoría de la realidad que hoy vive Brasil, o en todo caso, una anticipación. El título es el nombre de una falange que hace su centro en un convento de monjas hiper liberales –algunas travestis-, que tienen una plantación de cannabis y viven el placer como suerte de resistencia. Allí llega una familia después de haber liquidado a un pastor charlatán filocastrense de los que abundan en Brasil, quedándose con todo su dinero. El sexo es aquí una forma de resistencia anarquista al régimen de control imperante, en contra de un posible orden fascista. La película misma resulta la manifestación de una contracultura, una expresión de resistencia a un orden, con su caos y cruce de géneros: porno, road movie, western, musical e imágenes experimentales. Sus personajes, máquinas revolucionarias que se niegan a la manipulación del deseo.


Otras dos películas merecieron varios premios: Construcciones de Fernando Restelli y Lluvia de jaulas, de César González. Ambas tuvieron una mención ex aequo o compartida del Jurado Oficial, Lluvia de jaulas obtuvo el premio de la Asociación de Cronistas y Construcciones el de la Asociación de Productores de Córdoba. Ambas presentan mundos en los márgenes, configuran cuadros sociales de un interés muy peculiar. Construcciones el mundo privado de un padre algo mayor con su hijo pequeño, en un humilde hogar sin mujer, y Lluvia de jaulas el mundo de las villas en la ciudad de Buenos Aires, y la vida de sus jóvenes. Básicamente un film visual, con imágenes poderosas que podrían prescindir de los comentarios en off que poco agregan a lo que está fuertemente mostrado en la pantalla. Un muchacho protagonista oficia de suerte de guía de ese mundo invisibilizado, en su recorrido por sus casas y calles degradadas, estableciendo un duro contraste con las del centro porteño. Si bien es reiterativa, resulta un valioso testimonio de la cultura villera y el estado de su juventud, en emergencia permanente.


La Competencia de Largometrajes de FICIC presentó una programación muy heterogénea. Muy superior al resto de las películas vistas, pero ignorada por todos los jurados,  In the Desert del israelí Avner Faingulernt era sin embargo una elección ineludible. Un film muy ambicioso, que logra sus objetivos, al abordar el conflicto árabe-israelí desde dentro de sus protagonistas. Concebido como un díptico, se trata de dos películas pero ambas se complementan, se espejan, dialogan entre sí al menos en la mirada del espectador. Árabes e israelíes viven sus sueños, en este caso ambos en lo alto del monte Hebrón en Cisjordania, una zona palestina pero ocupada y controlada por el ejército israelí, donde están prohibidos los asentamientos. Sin embargo, tanto el israelí Avidan como el árabe Omar instalan allí sus respectivas granjas de ovejas. Faingulernt decidió acercarse en sus dos documentales a ambos protagonistas y su entorno de manera diferente, no sólo en los mundos que retrata sino en las elecciones artísticas para cada uno.

Avidan se instala con su socio en una vivienda abandonada, y con la ayuda de sus amigos se dedica a reconstruirla y criar sus ovejas en un trabajo muy duro, en condiciones poco favorables. Entre todos constituyen una suerte de comunidad masculina que evoca las de los hippies y de los kibbuz (Faingulernt creció en uno de ellos), donde abunda la religión, la música, el tabaco, la bebida, y escasean la higiene y las mujeres. Los hombres trabajan –y viven- pendientes de los movimientos de sus vecinos árabes, a pocos metros: siempre con sus largavistas, trabajando con armas largas al hombro, ante la menor discusión denuncian a esos “cerdos  e ignorantes” árabes al ejército, que prontamente acude a apoyarlos. Avidan necesita justificarse en cada momento: recurre a la historia del pueblo de Israel que llegó a esas tierras después de la expulsión de Egipto para conferir legitimidad a su ocupación. El fundamentalismo de esos muchachos los convence de que por su sola presencia la naturaleza de esa tierra ha de cambiar.

Por el otro lado, Omar –un hombre mayor que Avidan- también deja la ciudad y se instala en el cerro en compañía de su familia a criar ovejas. Lo hace con sus dos esposas: la mayor y su cuatro hijos adultos, con sus niños, y la segunda esposa, una mujer menor que sus propios hijos, y sus hijitas. Todo un clan que vive en tiendas, hasta que -contrariando las leyes- Omar construye una pequeña casa de ladrillos, sabiendo que en cualquier momento el ejército israelí podría venir a echarla abajo.
Esta es una granja comunitaria: toda la familia trabaja allí, sobre todo las mujeres y los jóvenes, dedicando mucho tiempo a la higiene del lugar y de sus propios cuerpos, y ocupan ese lugar naturalmente. No hay aquí necesidad de justificaciones, ni interés por los movimientos de sus vecinos. Sólo temor ante las fuerzas de la ocupación.

Si en una película lo político se hace explícito en cada momento, en la otra permanece casi siempre fuera de campo: sólo se oyen los helicópteros que sobrevuelan el lugar, algunas explosiones de sus ejercicios de tiro, el temor por la destrucción del hogar. Si en Avidan’s Dream la paleta de colores es cálida, como la tez y el pelo de sus personajes, en Omar’s Dream los colores son más fríos, oscuros, como toda la familia. Y si en la primera se prioriza el primer plano, en la segunda pocas veces se recurre a él, prefiriendo los planos generales.

Sin embargo, ambos mundos tienen más que las ovejas en común: el conflicto es interior, el problema personal y familiar resulta de mayor importancia que el puramente político. Cuando Avidan disuelve la sociedad que tenía con su amigo y lleva a su esposa e hijita a vivir con él, cuando tiene un hijo varón y la esposa ha transformado su casa en un lugar cálido y confortable, siente que se ha desconectado de esa tierra, que ya su presencia allí no tiene sentido, y abandona el proyecto. El problema de Omar es con sus esposas, con la difícil relación de su esposa joven con el resto de la familia. En última –o primera- instancia, en ambos casos sus problemas son los del patriarcado.

Dos películas plenas de ideas sobre el mundo contemporáneo, que trascienden la castigada tierra palestina. Pero la problemática local primó a la hora de la elección.

En la capital del folklore, hubo también una sección –íntegramente proyectada en 16 mm, toda una curiosidad- de cine clásico dedicado al gaucho, con programación de Fernando Martín Peña. Allí se vio El cura gaucho de Lucas Demare, Yo maté a Facundo de Hugo del Carril y El último montonero de Catrano Catrani.

4 de mayo de 2019


Festival de Cosquín 2019 – Primera nota

Josefina Sartora

Lleno total en la apertura del FICIC

En su 9ª edición, el Festival de Cosquín se presenta afianzado, como uno de los más sólidos festivales independientes del interior, si no el más. La continuidad en la conducción de Carla Briasco y Eduardo Leyrado en la conducción y de Roger Koza en Dirección artística y programación le confieren un rigor en la organización y exhibición, no exento de simpatía y hospitalidad. Y la osadía en la selección de títulos, que apunta a un cine diferente, alternativo y poco accesible comercialmente.

La película de apertura fue Breve historia del planeta verde, del cordobés Santiago Loza, talentoso artista polifacético, que sacude tanto con sus obras de teatro como con sus películas, de una sutileza y un humanismo apabullantes. Alucinante viaje iniciático de tres amigos originales, gays y trans, movidos y llevados por el amor y fidelidad. Llevados en defensa del diferente, una a una van superando las pruebas, demostrando que el amor y la amistad son inquebrantables. El film puede verse como un símbolo de este Festival, por su apertura a lo Otro, por la aceptación de las diferencias. Una película absolutamente libre, delirante a veces, e ingenua, hermosa siempre.
 
Santiago Loza y su equipo en ocasión de recibir en el último Bafici mención en Competencia Argentina y el premio de la Asociación de Cronistas 
Festival competitivo, la selección de Largometrajes tiene como común aspecto –en palabras del propio Koza- el interés por el espacio. Espacios que se ganan, se pierden, que son objeto de visita y estudio. Los visitaremos, atravesando estrenos latinoamericanos, películas argentinas, una china, otra israelí, varias brasileñas. No menos interesante promete ser la sección de Cortometrajes, con películas de Radu Jude, Martín Farina, Manuel Abramovich, Nicolás Prividera y José Luis Torres Leiva entre otros.

El Festival de Cosquín siempre ha tenido una mirada muy atenta a lo que está produciendo el nuevo cine brasileño, y en esta oportunidad dedica una de sus retrospectivas a la obra de André Novais Oliveira, un cineasta de la cotidianeidad. Su opera prima, Ela volta na quinta (Ella regresa el jueves) anticipa características de su cine: circulando entre el documental y la ficción, con una puesta en escena muy planificada, retrata su propia familia de clase media, que atraviesa diversas crisis -de pareja entre los padres, de trabajo en los hijos-. Al tiempo que cruza la intimidad familiar con el contexto económico y social.

En Competencia de Largometrajes, otro film de Brasil: Baixo Centro, opera prima de Ewerton Belico y Samuel Marotta. Encuentro de dos amigos y sus mujeres, quienes parecen amenazados por un peligro latente no identificado. Film melancólico, de régimen nocturno, que dedica largos planos al deambular de los muchachos por las calles de Belo Horizonte, donde el dolor personal se confunde con el pesar colectivo.

La otra retrospectiva está dedicada a Carmen Guarini, maestra argentina del documental, con la proyección de films emblemáticos de los últimos años: Gorri, Ata tu arado a una estrella, Meykinof y otros. Todo esto es parte de este Festival que muestra una programación para todos los intereses.