En otro país (Da-reun na-ra-e-seo)
Dirección: Hong Sang-sooCorea del Sur/2012
Borges dijo una y otra
vez que siempre escribía el mismo poema. Monet fue el príncipe de la
repetición, pintando variaciones de nenúfares y de catedrales de Rouen. En
cine, Hitchcock no se cansó de filmar el tema del falso culpable, y Anthony
Mann el de la venganza. Al más talentoso director coreano, Hong Sang-soo, se lo
acusa de filmar siempre la misma película: un intelectual –muchas veces
cineasta, tal vez alter ego de Hong- sale de la ciudad de Seúl a la naturaleza,
en el interior de Corea. Allí, con derivas y deambulando con su neurosis como
los personajes de la nouvelle vague, mantiene
largas conversaciones con amigos, colegas, con quienes siempre come y sobre
todo, se bebe mucho. Algo de sexo seco o mecánico, nunca romántico, amores
contrariados, distanciamiento y desconexión emocional, planos medios y generales, casi nunca un
primer plano, nunca un plano/contraplano. Su narración no es lineal, son
frecuentes las series y reiteraciones, y suele apelar al recurso de repetir un
mismo hecho narrado desde distintos puntos de vista. Separaciones y
reencuentros, coincidencias y sincronicidades se suceden en un cine que ya es
un lugar común comparar con el de Rohmer.
El Bafici acaba de
presentar una retrospectiva de esos films, con libro incluído, y ahora llega su primer estreno
comercial en Argentina.
Si en sus últimas
películas parecía llegar a cierto agotamiento de los recursos, en En
otro país se ha renovado genialmente. Aquí no existe protagonista masculino, sino
que todo gira alrededor de una francesa –Isabelle Huppert, nada menos- de
visita en Corea del Sur. En realidad, hay una chica que escribe tres guiones
para un posible film, todos protagonizados por esa francesa. En el primer
episodio, ella es una realizadora de cine invitada a una playa. En el segundo,
una mujer casada con un hombre importante que acude a esa playa a encontrarse
con su amante. En la tercera variación, es una mujer cuyo marido la ha
abandonado por una joven coreana y va a es mismo lugar para reencontrarse.
Existen en los tres
episodios varias elementos que se repiten: el espacio es el mismo, una posada
entre el mar y la montaña; la actriz es siempre Huppert, aunque sus personajes –siempre
llamados Anne- presentan diferencias; hay un guardavidas joven, con quien
mantiene una relación más o menos íntima -el remanido cliché de mujer sola
frente a un cuerpo joven-; una casera joven –la que está escribiendo esos
guiones-; hay un faro al cual ella desea ir de paseo; una encrucijada para llegar a ese destino-y tal vez a otros-,
un paraguas que aparece y desaparece, colores que se combinan y reiteran, diálogos que se repiten y un
segundo hombre en cada episodio. Y las dificultades para entenderse en inglés,
idioma ajeno a todos, y universal.
Pero la repetición se articula
con las diferencias, y allí reside el trabajo del espectador, nunca pasivo en
el cine de Hong. La actitud de la mujer es distinta en cada caso: si en el
primer acto parece fría y distante, frente al director de cine que la ha
invitado y quiere seducirla, en la segunda variación está enamorada y ansiosa
por encontrarse con su amante, también director de cine. En este caso, Hong
trabaja con el elemento onírico, nunca sabemos que lo que nos presenta es un
sueño de la protagonista; a manera de cajas chinas, el film se pliega sobre sí
mismo. Por último, la tercera mujer está deprimida, dolida por el abandono, y
en cierta búsqueda espiritual de su propio yo y de significado. El otro hombre
es aquí un monje budista, aunque también aparece el director de cine del primer
episodio, una sorpresa en este film –más transparente, menos críptico que otros
anteriores- donde las diferencias son sutiles pero significativas. Con humor,
con delicadeza, Hong habla de la insatisfacción y de la búsqueda incierta.
Huppert parece moverse
como pez en el agua, divertida, a pesar de lo extraño del ambiente, y de hablar
en inglés. Tan frágil y delicada, tan vulnerable y al mismo tiempo tan potente.
Josefina Sartora
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