14 de septiembre de 2016

Emoción de multitudes

Gilda, no me arrepiento de ese amor
Dirección: Lorena Muñoz
Guión: Lorena Muñoz y Natalia Viñez
Argentina/2016


La filmografía de Lorena Muñoz ha puesto en evidencia su interés por rescatar y poner de relieve ciertos hitos de la historia del arte en Argentina, de los cuales muy pocos se han ocupado. Con el consiguiente resultado de que esos hechos o personajes cobraron una posterior relevancia en la opinión pública. Su primer documental, Yo no sé qué me han hecho tus ojos (2003), realizado en colaboración con Sergio Wolf, estuvo dedicado a rescatar, poco antes de su muerte, a la cantante Ada Falcón del olvido y el ostracismo en que se había recluido en los años ‘40. Muchos conocimos la bella voz de Ada gracias a ese documental. Su segundo documental, Los próximos pasados (2006), constituyó otra búsqueda histórica, la del mural que David Siqueiros pintara en Buenos Aires en los años ’30 y que por retorcidas maniobras legales languidecía en estado de deterioro en un contenedor judicial. Después de ese rescate intelectual, la Presidencia logró recuperarlo físicamente, restaurarlo y exponerlo al público.

Gilda no yacía en el olvido, pero a 20 años de su muerte gracias al film –esta vez ficcional- de Muñoz logra un nuevo triunfo artístico. Mucho tiene que ver también la actuación de Natalia Oreiro en el rol de su vida. El film recorre su carrera y su vida breve desde cuando en un punto de inflexión decide dejar su trabajo como maestra jardinera y acude a un casting donde el músico Toti Giménez (Javier Drolas) descubre su talento. A partir de entonces, el relato de su trayectoria artística en ascenso alterna con flashbacks que evocan la formación musical que le había dado su padre, figura tutelar cuyo recuerdo la acompañará hasta el final. Que es trágico, todos lo sabemos, y el film no escamotea el dato: la primera escena, el primer plano –que no es el más feliz, por cierto- es una suerte de toma subjetiva desde la cabecera del ataúd que contine sus restos mientras afuera llueve y la multitud desconsolada acaricia el coche fúnebre.

Gilda fue una estrella que supo ganarse su público con la música tropical. Oreiro destaca la metamorosis del personaje desde la maestra tímida de clase media que avanza contra viento y marea –se nota que no sos del palo le dicen de entrada- y con su cuerpo delgado, muy diferente del de las pulposas cantantes del medio, y todo un lenguaje gestual cuidadosamente elaborado, conquistó multitudes.  La evolución personal y artística de Gilda fue asombrosa, en pocos años vivió una transformación social y cultural que la película refleja sin timideces, y con tal fidelidad que los propios músicos de su conjunto participan en ella.  Se ha dicho que Muñoz debió luchar mucho también para conseguir los derechos de las canciones y de la historia misma. Su hijo -sobreviviente del accidente en el que junto a Gilda perecieron su hermana, su abuela (interpretafda por la gran y versátil Susana Pampín) y varios músicos del conjunto- se resistía a conceder los permisos. Algo habrá pesado también el ambiente mafioso que acompañó a Gilda en sus primeros tiempos, que la tenía virtualmente esclava por contrato. Pero Muñoz no bajó los brazos –como Gilda predicaba- y logra un film consagratorio, si le hacía falta.

Muñoz sabe trabajar y dosificar los matices, crear los climas, trabajar con la fotografía en claroscuros muy acorde con esos comienzos tenebrosos, con la melancolía de esa mujer que no aceptó el destino asignado. Nunca escuché a Gilda cantar en vivo, pero el empoderamiento que Oreiro realiza de su personaje es tan vital y físico, que en mi conciencia ambas han quedado unificadas: ha estudiado la actuación de Gilda, canta muy bien sus canciones y toda su corporalidad sigue el modelo gestual, realizando sus propias versiones de muchos hits de Gilda. Es este uno de esos casos en que la actriz se come al personaje: desde ahora para mí Gilda estará íntimamente unida a Natalia Oreiro. Tal vez justamente por los mencionadas trabas a los permisos, o por compromisos adquiridos, la figura de Gilda, cantante, compositora y un poco santa, está demasiado idealizada, en su condición de mito: siempre con el objetivo muy claro, nunca comete un fallo, es la artista pero también la madre ejemplar que vive acosada por la culpa de no ocuparse con mayor dedicación de sus hijos. Su vínculo sentimental con Giménez, quien la acompañará hasta su muerte, sobreviviéndola, resulta lavado. Conociendo el interés de Muñoz por el documental parece extraño que no haya una sola imagen de la verdadera Gilda, ni un momento de sus recitales, ni siquiera en los créditos finales, como dicta la fórmula clásica –que Muñoz sigue en cada momento. Es esta una elección peligrosa a la hora del encuentro con los fanáticos de Gilda.



El film, que no cae en el lugar común ni en el golpe bajo –excepto en el mencionado plano inicial-, tiene escenas muy logradas: la del casting, cuando Miriam (tal su nombre original) se da cuenta de que debe cambiar su aspecto para entrar en el medio; todas les escenas con multitudes, desde la impopularidad inicial, pasando por el momento sobresaliente en que canta en la cárcel, hasta las últimas, de la consagración definitiva; la del encuentro con el capomafia que encarna Roly Serrano (igual a su siniestro personaje de Lo que no se perdona, ya un estereotipo), quien realiza un segundo descubrimiento, lanzándola al público: Miriam no vende: sos Gilda. Otras en cambio debilitan la historia: las discusiones con el marido, el obvio abuso que los empresarios hacen de los músicos.


En mi opinión, no se logró dosificar el aspecto musical y hay un exceso de canciones, pero sé que esto es muy subjetivo y entramos en el terreno del gusto personal, y aquí muchos aseverarán lo contrario. Porque todos, todos, fans y no, salimos del cine cantando cumbia.


Josefina Sartora

No hay comentarios:

Publicar un comentario