12 de septiembre de 2016





Matías Alinovi
París y el odio
Buenos Aires, Entropía, 2016




El odio hacia París y hacia Francia toda fluye en cada línea de esta asombrosa novela de Matías Alinovi, quien se revela como un gran nuevo novelista. Odio hacia la celebridad instituida de esa ciudad, laudada por tantos, despreciada por el protagonista, suerte de alter ego del autor, quien también es físico, quien también es traductor, quien vivió penurias en París, al parecer. A diferencia de tantos que hemos hecho el peregrinaje cortazariano por París, su personaje  Eladio Marino desmerece la experiencia de Cortázar y su literatura, pero no puede apartarse de ellas. (Un capítulo comienza diciendo “¿Encontraría a Maude?”, parafraseando el comienzo de Rayuela.) No sabemos si por odio genuino, frustración de quien no puede acceder o no está a la altura del mito, o toda una simulación pretendidamente iconoclasta, en una suerte de amor-odio muy personal y logrado.

Su nueva novela (la primera había sido La reja, de alguna manera un homenaje a Casa tomada, justamente, y escrita en verso) atraviesa la historia de ese traductor que involuntariamente sigue los pasos de Cortázar por la Ciudad Universitaria y la Orilla Izquierda, hasta dar con un escritor consagrado. Novela en clave, su personaje Héctor Bianco está basado en la figura de Héctor Bianciotti, escritor argentino miembro de la Academia Francesa, a quien la novela describe detalladamente: homosexual, editor de Gaulemard (=Gallimard), autor de Los páramos plateados (=Los desiertos dorados), ganador del premio Domina (=Femina), amigo de Topi (=Copi), hasta su hundimiento en el Alzheimer. Y hay más claves, que no queremos denunciar.

Pero no es ese el único recorrido: hay un inevitable grupo de amigos bohemios algo decadentes, y entre tantos escritores, todos obsesionados con París, no faltan los robos literarios; hay un sorpresivo descubrimiento de secretas galerías subterráneas que unen la campiña con los túneles de París; y hay un grupo de musulmanes que sembrarán la destrucción y desolación en todo el territorio francés, donde ya no queda ningún mito por rescatar, en una reedición europea muy actualizada de la dupla civilización y barbarie. 

Todo esto,  sí, y en una novela breve, que ofrece una escritura maravillosa. El trabajo de Alinovi con la lengua es formidable, similar al del poeta, y es es aspecto más alto de la novela. Su prosa suena evocativa del verso, y no sólo el alejandrino de 14 sílabas, como se encarga de advertir la contratapa. Párrafos enteros tienen una musicalidad, un ritmo, una cadencia que guía la lectura con una fluidez de placer agradecido. Valga un fragmento:
“Tenía que hacer tiempo. Amanecía. Buscó el Sena en el mapa, qué otra cosa, el Sena obligatorio. Había que tomar la rue de Bercy y bajar por el boulevard Diderot. Lo encontró detrás de unas defensas de piedra majestuosas, bajo puentes soberanos, brillando movedizo entre calzadas muy amanecidas y todo era mejor que el agua igual que en cualquier parte. Caminó mirando el río hasta Saint-Michel, bajó al metro.
Y no pensó que había una lección agazapada en el silencio esplendoroso de la piedra: el prestigio como afán de la distancia, algo del orden de un desdén equilibrado. Porque en principio París era el asombro sin un signo definido.”


Josefina Sartora

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