Sobre
el arte contemporáneo, a partir de Dido y
Eneas
La extraordinaria puesta en escena
reciente de Sacha Waltz de la ópera de Henry Purcell Dido y Eneas (1682) en el
Teatro Colón provoca la reflexión sobre la actualidad del arte contemporáneo y
la respuesta del público al mismo. Creíamos estar ya familiarizados con la inespecificidad
de las formas artísticas contemporáneas, con la traslación que se ha realizado
de los géneros puros, o de los campos específicos del arte, a la hibridación,
dicho con sentido valorativo, de las diversas artes. Ya las fronteras entre una
y otra producción se han borrado, o han devenido lábiles y difusos los límites disciplinarios
entre una y otra. Ya no se habla de artes específicas puras, y pintura y
escultura, teatro y danza, y en cine y literatura ficción y realidad o
documento, conviven en una renovación del campo artístico que enriquece la obra, caracterizada por la indeterminación
y la diversidad, la potencia de lo efímero, y por la pluralidad de
interpretaciones.
Ya Wagner apuntaba a un “arte total” con
su obra, que incluía teatro, música, mito, poesía. Esa ha sido la propuesta de
Waltz con esta nueva concepción de ópera-ballet de Dido y Eneas, versión que
estrenó en 2005 en Alemania y se ha presentado en varias ciudades del mundo.
¿Cómo poner en escena una obra barroca en pleno siglo XXI? Un siglo
convulsionado por la violencia de una situación bélica permanente, por el cruce
de culturas motivado por la transmigración de pueblos enteros a otros países, que
ponen a diario en evidencia la impermanencia de las tradiciones, la movilidad
de los límites, la relatividad de las diferencias. La decisión de Waltz no pudo
ser más audaz, y al mismo tiempo, acertada. Siendo una coreógrafa notable en la
danza contemporánea, era de esperar que concibiera esta obra como una fusión de
las artes que practica, y propusiera esta suerte de tragedia danzada, o musical
operístico, u ópera coreográfica, o como quiera que se la llame, si es
necesario clasificarla de alguna determinada manera. Que no me parece. El
resultado es único, diferente a todo, no se parece profundamente a nada de lo
ya probado y conocido. De allí tal vez el asombro de tantos, y el rechazo de
algunos espíritus refractarios.
¿Cómo no asombrarse de ese prólogo en
forma de ballet ejecutado dentro del agua de esa piscina transparente, en una
performance espectacular, en la que los bailarines-nadadores parecían escuchar
la música bajo el agua? Cómo no desorientarse cuando se veía a un bailarín
poner el cuerpo a un Eneas llegando a Cartago procedente de Troya, mientras el barítono Reuben
Willcox –ejecutando un protagonismo duplicado- ponía el timbre dramático de su
voz para su aria, confundido entre el cuerpo de baile? ¿Y qué decir del
espectáculo que brinda el coro Vocalconsort de Berlín que, además de cantar,
baila, quebrando la inmovilidad tradicional -o por lo menos precaria- de los
coros de ópera? Que por lo demás ejecuta movimientos escénicos muy
plásticamente, confundido con los bailarines, en ese escenario desnudo. Sólo
por haber logrado esta innovación, Waltz merecía la larga ovación que siguió al
final de la obra.
Sin embargo, los puristas pudieron
ofuscarse frente a la adición de obras de Purcell que no formaban parte original
de esta ópera. Piezas instrumentales que permiten desdecir a todo aquel que
sostenga que la música barroca no es bailable. Waltz ideó una coreografía
abstracta, vital y de una belleza formal pura, que llega incluso a
desarrollarse en momentos de silencio absoluto. Que por cierto fue alterado por
aquellos espectadores airados que se marchaban ruidosamente ¡ante los desnudos
de espaldas!, o bufaban, y despotricaban de viva voz en los pasillos del Colón,
en una absoluta falta del respeto por el arte y por su público. Para todos ellos acaba de estrenarse Doña
Rosita la soltera, en una versión tan clásica como convencional y
carente de imaginación o vuelo, y que emana cierto aroma a rancio. Que vayan a
verla, y saldrán deleitados. A cada uno, lo suyo.
El Colón tiene una tradición
conservadora, cada vez que se ha actualizado una obra ha sobrevenido la
reacción de los puristas, que no aceptaron que El holandés errante, por
ejemplo, esperara su equipaje frente a la cinta de un aeropuerto, como lo quiso
Alejandro Kuitka. Cierto espíritu pacato, de reacción frente a lo nuevo, a lo
diferente, con resistencias a quebrar lo establecido se niega todavía a aceptar
el arte contemporáneo, la singularidad de una obra que no obedece a parámetros
previos.
Son tantos los elementos que Sacha Waltz
pone en juego –vestuario cambiante, atemporal y de época, episodios teatrales
sin música, momentos de silencio absoluto, personajes duplicados y triplicados, el coro que
canta desde la platea, estupendas coreografías aéreas-, que resulta lógico que
no haya uniformidad pareja en el conjunto. Hay momentos de alta intensidad
dramática –los previos a la muerte de Dido, sacrificando su amor prohibido por
Eneas- que se elevan por sobre otros algo banales, como la lección de teatro. Pero
esta heterogeneidad descentrante constituye una elección, y es respetable, más
allá de los gustos personales.
Que los instrumentos –todas cuerdas más
percusión- fueran los de la prestigiosa
y excelente orquesta Akademie Für Alte Musik Berlin bajo la conducción de Christopher
Moulds constituyó la conjunción ideal para lo que sucedía en el escenario.
Josefina Sartora
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