Zama
Dirección y guión: Lucrecia Martel,
basada en la novela de Antonio Di Benedetto
Argentina-Brasil-España-Francia-Holanda-México-Portugal-Estados
Unidos/2017
Josefina Sartora
Ya se ha dicho: Zama es una novela sobre
la espera. Zama la película también lo es, pero es mucho más. Es una
película sobre el deseo, y un deseo obsesivo, pertinaz, que mantiene maniatado
al protagonista, más empecinado a medida que las circunstancias van coartando
sus posibilidades de salir de esa suerte de destierro donde lo ha colocado la
Corona española, lejos de su familia, esperando un traslado que nunca llega. Es
por lo tanto una película sobre el fracaso y la frustración del deseo
masculino, de un personaje que constituiría algo así como el antihéroe
romántico. El asesor letrado Don Diego de Zama (el actor hispano-mexicano
Daniel Giménez Cacho) no es un personaje amable, ni simpático, ni siquiera
hábil o inteligente. Fácilmente su competidor lo supera en su carrera en la
Gobernación y en la cama de la mujer que él desea. Martel se aparta de su mundo
habitual, de protagonistas femeninas, presentando este hombre que tampoco es la
imagen del macho hispánico, que tiene una lábil relación con las mujeres, más burdo
voyeur que hombre de acción. En gran
medida, Zama es un romántico, que cree en la estructura del sistema colonial,
en la justicia y en la ley, y vive víctima de sus creencias.
Martel elige tomar algunas porciones
de la novela de Antonio Di Benedetto, ya de por sí fragmentaria. Plantea una situación –su atracción de
deseo y conveniencia por aquella dama española (Lola Dueñas), su rivalidad con
un funcionario (Juan Minujín)- y casi no vuelve sobre la misma, nunca la agota.
Martel elige no tomar el camino más fácil, y sí hacer una película
impresionista, armada con sensaciones, estados, percepciones. Si la novela está
escrita en primera persona, constituyendo una suerte de monólogo interior, o
fluir de la conciencia de Zama, la película tiene al protagonista siempre en
foco, lo sigue en unos planos muy cercanos, cerrados, circulando en medio de
ese pueblo precario, de casas de adobe, funcionarios haraposos e indios
semidesnudos, donde los animales comparten techo con el hombre; por eso es
notable el contraste con aquellos planos que presentan profundidad de campo, el
río inmóvil a lo lejos, o las panorámicas de la selva con sus varias acciones
simultáneas, con fotografía de Rui Poças. Película sobre la espera, ocupan los
cuerpos el primer plano, cobran importancia en una sensualidad contenida, un
erotismo grotesco.
Martel pone todo su talento para la
recreación espacial y temporal de esa época: ella siempre ubica sus películas
en ambientes de decadencia social y moral, y esta colonia española es el espacio
de la ruina de la corona. Su puesta en escena es asombrosa: la decadencia es
visible en el físico de los personajes, en sus pelambres, sus pelucas, sus
trajes (gran creación de Julio Suárez). La vestimenta de Don Diego de Zama va
deteriorándose con el paso del tiempo, en simpatía con quien la porta. La
perversión del colonialismo está enfocada desde el punto de vista de uno de sus
funcionarios, si bien aquellos más castigados, los aborígenes, llevan mejor
vida que él, esto es obvio. Martel ha recreado una América colonial a su gusto
y medida, en todo personal, a veces arbitraria, alejada del costumbrismo
habitual. Una América originaria mítica, acaso posible. En el diseño de arte,
la elección de la paleta de color, nada queda librado al azar. Y todo esto, con
una banda sonora de extraordinaria complejidad obra de Guido Beremblum, en que
se mezclan voces en distintas lenguas, graznidos y cantos de animales y sonidos
sugestivamente anacrónicos y todo en off,
enriqueciendo la sensualidad del film.
Y sin embargo, pese a esa reconstrucción
histórica absolutamente pautada, calculada y preconcebida, la historia
transcurre en un aura podría decirse atemporal, de cierta ambigüedad, con
cierta dislocación del tiempo o francos anacronismos, como el propuesto en el
choque violento entre el vestuario y la elección musical: el primero
cuidadosamente recreado según usos de la época, y la segunda contemporánea (Los
Indios Tabajaras) y ajena al tono emocional. Lo mismo sucede con el lenguaje,
actual, sin ubicación temporal en el pasado. Ambigüedad que no deja de
constituir rasgo característico de esta brillante directora, la más grande del
cine argentino actual.
Sabemos de la dificultad que implica
trasponer una novela al cine, y a la vez, su desafío. Un mundo presentado en un
sinfín de frases narrativas, descriptivas y explicativas debe ser recreado con
la imagen y el sonido, con códigos cinematográficos. 200 páginas deben
comprimirse en menos de dos horas. Sabemos también que, acabado el rodaje,
Martel enfermó, y toda la etapa final se postergó, demorando los tiempos.
Sabemos también que había filmado muchas horas de película, que redujo a tres,
y el corte final quedó con menos de dos horas. Tal vez a estas circunstancias
se deba la sensación de que el guión se ve entrecortado, que las elipsis
resulten a veces casi abismales. O quizás es lo que ella busca, experimentando
con el ritmo y el fluir narrativo.
La falta de diálogo entre colonos y
originarios es absoluta, la incomunicación, fundamental. Incluso el silencio de
Zama, su hieratismo, imprime un distanciamiento emocional del personaje, cada
vez más paralizado, más deteriorado. En su progresiva desintegración, el
destino del asesor -otrora hombre de espada- lo lleva a una aventura que tuerce
la peripecia del film: desesperanzado, Zama entra en el mito, a la búsqueda de
un personaje fantasmal, no sabemos si vivo o muerto, en una aventura selvática enigmática,
incomprensible, que parece un delirio proyectado por el personaje, un episodio
onírico.
(En su misión lo acompaña Rafael
Spregelburd, antes Daniel Veronese, Ricardo Bartís colabora en el guión.
¿Pasará Martel al teatro? Sabemos que sí a la ópera, con la régie de Andrea
Chénier en el Colón en diciembre.)
Zama llega precedida de un raudal de críticas laudatorias,
tras su paso por los Festivales de Venecia y Toronto antes de su estreno en
Buenos Aires y su presentación en el Festival de Nueva York. Y eso ha sido sólo
el comienzo.
Tuve la fortuna de conocer a Di Benedetto en los ’80, cuando regresó del exilio. Éramos vecinos en la calle
Laprida, y conversamos a menudo. El también fue torturado, y también fue
víctima de la espera, para regresar a su país, a morir poco después.
Magnifico análisis para una gran obra singular dufo
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